La carrera hacia el sillón presidencial ha ingresado a su recta final, exponiendo de manera nítida los dos contrastes que definen esta contienda. Mientras la candidata de Fuerza Popular, Keiko Fujimori, optó por consolidar su base electoral en el norte del país mediante un discurso enfocado en la resiliencia y la consistencia técnica, el sector de la oposición, representado por Roberto Sánchez, ha intensificado una narrativa basada en el ataque personal y el histrionismo político.
Durante un multitudinario mitin en Piura, Fujimori Higuchi marcó distancia de las constantes variaciones programáticas de sus adversarios. “Del otro lado, creo que como se ponen nerviosos… como no tienen argumento y cambian de plan de gobierno cada semana”, enfatizó la lideresa, sugiriendo una evidente falta de preparación e imprevisibilidad en los cuadros técnicos de la oposición.
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Asimismo, recordó los casi 500 días que pasó en prisión preventiva, capitalizando dicho episodio como una muestra de su fortaleza para gobernar. “De mí han dicho muchas cosas y, claro, siempre decían ‘Keiko tiene la culpa’. Pero quiero resaltar que yo no he sido presidenta todavía”, afirmó Fujimori ante una fervorosa audiencia en Sullana.
Tras ataque de Keiko: Roberto Sánchez recurre a show populista
En la otra vereda, la campaña de Roberto Sánchez parece haber agotado sus propuestas programáticas, refugiándose en la confrontación y la apelación al sentimentalismo para captar la atención ciudadana. Cobijado bajo una gigantesca imagen del exmandatario Pedro Castillo, el candidato opositor enfocó su alocución en descalificaciones directas hacia Fujimori, recurriendo al gastado guion del antivoto en lugar de plantear soluciones viables para las crisis que afronta el país.
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El punto álgido del mitin opositor desnudó el corte populista de su estrategia. En un gesto netamente histriónico, Sánchez llegó a arrodillarse en el estrado principal buscando conectar emocionalmente con los asistentes a falta de argumentos sólidos.
De igual manera, evidenció una alarmante postura de sumisión ante la toma de decisiones técnicas, delegando proyectos de inversión cruciales como Tía María al arbitrio de la agitación social. “¡Se hace lo que dice el pueblo!”, exclamó, eludiendo la responsabilidad de liderazgo que un jefe de Estado debe asumir.







