La Navidad se celebra junto a la familia, en medio de sonrisas, regalos y buenos deseos, pero también con bulla que generan las explosiones de los juegos pirotécnicos, que los hace en su mayoría peligrosos.
Sin embargo, su ruido y el fuerte humo que genera por los fuegos artificiales que expulsan, no solo contaminan el medio ambiente, sino que afectan a las mascotas, a los niños con Trastorno del Espectro Autista (TEA) y personas con enfermedades cardiovasculares, neurológicas o respiratorias.
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¿Por que los pirotécnicos hacen daño a las mascotas?
Pierina Grados, veterinaria de Vet Partners, explica que perros y gatos tienen una capacidad auditiva mucho más desarrollada que la humana.
“Las mascotas pueden oír sonidos hasta cinco veces más lejanos que nosotros. Los estruendos de la pirotecnia les generan pánico, ansiedad y desorientación”, señala la especialista.
Este miedo extremo puede provocar intentos de escape que terminan en atropellos, caídas desde balcones, quemaduras o extravíos.
Además, se suma la inhalación de sustancias tóxicas liberadas por la pirotecnia, que pueden causar en las mascotas síntomas gastrointestinales, irritación respiratoria y malestar general.
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Personas con enfermedades cardiovasculares
La Organización Mundial de la Salud (OMS) determinó que el fuerte ruido que generan los pirotécnicos también dañan a las personas, sobre a las que sufren de enfermedades cardiovasculares.
Diversos estudios publicados en The Lancet y Environmental Health Perspectives vinculan la exposición a ruidos intensos con aumento de la presión arterial, estrés agudo, alteraciones del ritmo cardíaco y mayor riesgo de eventos cardiovasculares, especialmente en personas con enfermedades preexistentes.
En personas con epilepsia, el estrés intenso provocado por ruidos fuertes e impredecibles puede actuar como detonante de convulsiones.
Niños con Trastorno del Espectro Autista (TEA)
Los niños con TEA constituyen otro grupo especialmente vulnerable. Los fuegos artificiales, por ser ruidos fuertes, impredecibles y repetitivos, pueden generar crisis de ansiedad, desregulación emocional o meltdowns, que no son berrinches, sino respuestas involuntarias ante una sobrecarga sensorial.
Estudios sobre ruido ambiental e infancia indican además impactos negativos en el sueño, el comportamiento y la estabilidad emocional.









