La reciente declaración del presidente Gustavo Petro sobre la Isla Santa Rosa, en la triple frontera entre Colombia, Brasil y Perú, encendió las alarmas. No se trata de un incidente aislado, sino del síntoma de una vieja enfermedad: La falta de presencia del Estado en zonas estratégicas y falta de inversión en defensa territorial.
Hoy, la amenaza no se escucha con disparos, pero se siente en los reclamos diplomáticos y la presión silenciosa de nuestros vecinos.
La Fuerza Aérea del Perú opera con apenas un puñado de aviones Mirage 2000 y MiG‑29 envejecidos. Nuestros tanques T‑55 datan de la Guerra Fría.
La mayoría de nuestras patrulleras apenas cubren zonas portuarias y fluviales. Y nuestras municiones, en su mayoría, son excedentes de conflictos del siglo pasado que representan un peligro más que una defensa.

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A lo largo de la historia, el Perú no ha perdido territorio por capricho de la geografía, lo ha perdido por desidia, inocencia y mala estrategia. Cada vez que nuestras Fuerzas Armadas se encontraron débiles, nuestros vecinos avanzaron sobre nosotros.
TERRITORIO CEDIDO
Un total aproximado de 451,000 km² perdidos. El equivalente a más del 30% del Perú actual. Y siempre bajo el mismo patrón: cuando el país dudó en defenderse, otros no dudaron en invadir.

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El Puerto de Chancay, el nodo de Corio, el terminal de Paita, los corredores bioceánicos y los yacimientos estratégicos en la Amazonía no son simples infraestructuras: son objetivos.
Son razones suficientes para que potencias regionales y extranjeras proyecten influencia sobre el Perú. Y nosotros seguimos sin radar, sin aviación moderna, sin doctrina clara.
Colombia tiene también problemas de aviación: sus viejos Kfir ya no son seguros, y su renovación aérea se ha postergado. Pero en tierra, nos superan con creces.
Su Ejército tiene casi el doble de personal activo, una producción local de blindados y una estrategia sostenida de defensa interna frente a insurgencias.










