En un burdo intento de control de daños a solo días de la crucial segunda vuelta presidencial de este 2026, el candidato de Juntos por el Perú, Roberto Sánchez, arribó al Cusco con un discurso ensayado y predecible: desmarcarse del sentenciado etnocacerista Antauro Humala.
Con la Plaza Túpac Amaru de Wanchaq lista para el mitin de cierre, el aspirante de izquierda ensayó una pirueta política que convence a pocos, asegurando que Humala no tendrá cabida en un eventual Gobierno suyo. Sin embargo, la sospecha de conveniencia electoral y los pactos bajo la mesa resultan imposibles de ocultar para la ciudadanía.
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La desesperada pirueta de Roberto Sánchez para maquillar su alianza radical
Con un tono que pretendía ser categórico, pero que denotaba la urgencia de frenar el crecimiento de su antivoto, Sánchez declaró a los medios locales que el cabecilla del ‘Andahuaylazo’ no forma parte de su equipo técnico, económico ni político. “Su valor es como un voto más“, afirmó el candidato, intentando minimizar el peso de un personaje que representa la facción más extrema y violenta que hoy lo respalda en las urnas.
Para los analistas, esta “precisión” no es más que una estrategia de cara al electorado moderado que mira con terror el regreso del radicalismo. La tibieza con la que se recibe el apoyo de un personaje con el historial de Humala contradice el supuesto distanciamiento.
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Fiel al manual de la izquierda, y al verse acorralado por los cuestionamientos sobre sus peligrosas alianzas, Roberto Sánchez no tardó en activar la cortina de humo, arremetiendo de inmediato contra su contendiente de Fuerza Popular, Keiko Fujimori. En lugar de esclarecer los compromisos programáticos asumidos con el etnocacerismo, el líder de Juntos por el Perú optó por la victimización y el ataque, desviando la atención hacia los sucesos del sur.
El candidato continuó su marcha proselitista hacia Andahuaylas, un bastión clave donde el fantasma del radicalismo sigue sumando votos para su causa.






