Ecuador, una nación vibrante y llena de contrastes, se tiñe de dolor, desangrándose entre las garras de la criminalidad, el narcotráfico y los estragos del desgobierno. En estos días, el joven presidente Daniel Noboa, con la pesada responsabilidad del deber y la urgencia, promulgó un decreto de gran alcance.
22 bandas, antes meros espectros en el submundo del crimen, ahora son nombradas como organizaciones terroristas. Una declaración que impregna de gravedad el aire que respiran los ecuatorianos.
En menos de dos años, 64 mil ecuatorianos se vieron afectados por la crisis económica y la COVID-19, forzándolos a iniciar un éxodo hacia estados unidos. Trágicamente, miles perdieron la vida en el intento, y ninguno de ellos regresó.
El narcotráfico fundó un imperio en Ecuador, fortaleciendo las bases de las bandas criminales y sumergiendo al país vecino en un profundo clima de miedo y violencia.
El año pasado, Ecuador cerró su último capítulo con 7 800 muertes violentas. La taza de homicidios percápita se incrementó mil porciento, de manera impresionante. De ser el país con menos crímenes de Sudamérica, pasó a ser el más violento del mundo.
Una de esas vidas que se apagó fue la de Fernando Villavicencio, candidato presidencial. Él se alzaba como un guerrero en el campo de la batalla política, enfrentaba con valentía a los “Señores de las sombras”, narcotraficantes y criminales, responsable de las muertes, armado únicamente con la fuerza de sus discursos.
En los recintos carcelarios, la libertad se desvaneció para dar paso a fortines inexpugnables, donde florecieron los ilícitos negocios vinculados al narcotráfico. La prensa ecuatoriana todos los días informa de enfrentamientos letales entre bandas. Las cifras oficiales de muertos y heridos en prisión sumaban decenas cada día.
De las 35 cárceles que existen en Ecuador, 20 están sobre pobladas. Hay 30.000 presos en este país. Las Fuerzas Militares acompañan a los miembros de seguridad de los centros penitenciarios a reforzar la seguridad dentro y fuera





